La belleza asoma su horrible cabeza, de nuevo

Seamos claros desde el principio: personalmente creo que los premios en el mundo del arte son una entidad bastante reaccionaria y tal vez, deberían ser abolidos. Restos del siglo diecinueve, de aquellos salones de arte franceses que usualmente favorecían lo más académico y conservador y de sus anticuados sistemas de recompensas. Tal vez las medallas estén bien en el deporte, donde la contienda es uno de los objetivos, mientras que en la práctica artística de hoy en día, la colaboración es mucho más productiva y significativa que la competición.
El sistema artístico local parece sin embargo tener un especial apego hacia los premios. Tal vez como consecuencia de la falta de ayuda oficial, de becas y de subsidios serios para los artistas. Tal vez porque es mucho más fácil dar un premio a una obra que soportar económicamente todos los pasos necesarios para su concreción. O tal vez simplemente porque algunas grandes compañías descubrieron que por una décima de los costos de una publicidad televisiva, consiguen una enorme atención de los medios, logran penetrar uno de sus “focus groups”, consiguen exenciones impositivas y que se las deje de caracterizar como “especuladores antisociales” para convertirse en “patrones de las artes”.

El El premio arteBA – Petrobras a las artes visuales es un caso curioso entre los premios locales. Celebrado en un feria – donde, como alguna vez dijo John Baldessari, los artistas venden sus cosas viejas para poder hacer nuevas- busca hacer un diagnóstico de las tendencias de la producción artística contemporánea. Usualmente mostrando trabajos que son de dificultosa inserción en el mercado, sea por sus características experimentales o su volatilidad efímera, para esta edición, los curadores Sonia Becce y Claudio Iglesias decidieron hacer un llamado a creadores menores de 35 años, quienes debían presentar proyectos que reflexionasen sobre el espacio-tiempo de la feria misma. Titulado “6 días” – la duración de la feria -, la selección incluye los trabajos de ocho artistas, quienes recibieron doce mil pesos para la producción de las obras.

Ubicado en una esquina de la feria, el montaje visual de esta exhibición es asombrosamente diferente del resto de lo que se puede ver por arteBA. Si espacio para que las obras respiren no es exactamente lo que abunda en los stands de las galerías, una vez dentro del territorio de esta muestra, se siente una suerte de alivio. Envuelta en una atmósfera oscurecida y en ambiente mucho más despejado, la locación ofrece la posibilidad de experimentar las obras y no de solo seguir a los propios ojos en la frenética búsqueda de la siguiente, como ocurre en el resto de la feria. Una obra de arte precisa de espacio y de tiempo para ser apreciada completamente. Y ésos son precisamente los tópicos sobre los que se mueve esta muestra.

“Calamidad Cósmica” de Luciana Rondolini y al fondo la entrada al Papo's VIP" de Victoria Colmegna y Valentina Liernur'


 
Ni bien entrando al hall, una pared separa de la sala triangular de “Papo’s VIP”, el proyecto en colaboración de Victoria Colmegna y Valentina Liernur. una autoproclamada instalación-pintura-evento que involucra una diversa serie de acciones: desde presentaciones, lecturas de poesía, pasadas de Djs, videos de artistas mostrados en una pantalla plana gigante, hasta simplemente tomar vino y charlar entre amigos. Una acción situacional para el disfrute. Un sector VIP para cualquiera que tenga el coraje de atravesar el vallado que flanquea la entrada siempre abierta. Y, de más está decirlo, pero se encuentra uno con personas muy distintas de aquellas que pueblan el ViP de Petrobras o el del sector del Mass Group, oh, casualidad..

Algunos metros más alla del “Papo’s VIP”, un brillante helado de palito que con toda su fluorescente sobredimesionalidad yace en la que pronto será su última cama. En un lento derretir que va dispersando sus colores artificiales al mismo tiempo que exhala sus falsos aromas, la escultura de Luciana Rondolini parece un ominoso juguete sacado de una pesadilla infantil. Un helado gigante que no está allí para ser saboreado, solo para ser contemplado mientras pierde completamente su forma del deseo. Una – como reza el título de la obra – “calamidad cósmica” de enormes proporciones tragicómicas.

“Todo el tiempo” de Pablo Accinelli


 
Cerca de ella, una pantalla ofrece el video de Pablo Accinelli “Todo el tiempo”, mostrando en sus dos canales el viaje en automóvil por una ruta a través de sus ventanillas. Tiempo, distancia, medidas y aguante, en un trabajo que merece un mejor montaje exhibitivo para ser disfrutado. Justo cuando creí descubrir el lejano sonido del motor del auto en su transcurrir rutero, el ruido de algo parecido a una motosierra inundó mis oídos. El estruendo provenía de un espacio cerrado, una especie de cubo blanco dentro de la muestra que sirve de guarida para Belén Romero Gunset. Su proyecto, “Roto” es una acción performática que involucra a la artista tucumana en el medio de ese espacio casi completamente lleno con los más diversos objetos. Objetos cotidianos, domésticamente banales que son sometidos a la continua y persistente destrucción por parte de la artista en persona, en un lento, pero persistente proceso de re/de-generación. Es por momentos maravilloso ver cuán perfecto y liberador el desorden y el caos se pueden ver, al menos en un espacio de arte.

“Roto” de Belén Romero Gunset


 
La obra “Adquisición” de Santiago Villanueva funciona como una interesante reflexión sobre la feria de arte, el mercado, las instituciones y el rol del artista en el medio de todas ellas. Su proyecto consistió en usar los doce mil pesos dados para la producción de la misma, en comprar una obra de arte de la primera mitad del siglo veinte y donarla al museo de arte de Azul, en la provincia de Buenos Aires. A primera vista, la obra comprada y exhibida en la muestra, una pintura de Anselmo Piccoli de 1959, parece un objeto vulgar, anticuado, extirpado de las paredes de un museo para convertirse en parte una propaganda corporativa. Solo al leer el texto que acompaña la instalación del proyecto uno se da cuenta de las operación activada por Villanueva. Un artista del futuro ofreciendo a uno del pasado mientras redirige el dinero de la producción al consumo. Un pequeño y sutil gesto que consigue cuestionar varios de los presupuestos que rodean al arte.

“Adquisición” de Santiago Villanueva

“Somos el límite de las cosas” de Mariana Telleria


 
Al final del hall, con un poco de exagerado énfasis teatral y contra las cortinas negras que cubren de la arquitectura Rural, irradia su presencia la escultura de Mariana Tellería “Somos el límite de las cosas”. El esqueleto de una calesita ocupado tan solo por luminosidad – la luz de las prontamente extinguidas lamparitas incandescentes-, un escenario vacío a ser poblado de memorias e historias. Una estructura circular que conlleva la quietud del tiempo. Pero si hay un momento en que el tiempo se detiene, es en la muerte. Y eso es lo que la pequeña y discretamente iluminada obra de Carlos Herrera retrata. La escultura-objeto “Autorretrato sobre mi muerte” muestra y oculta en una bolsa blanca de plástico un par de medias de cuando el artista jugaba al rugby y una remera que compró en su último cumpleaños junto a un par de zapatillas. El verdadero problema comienza cuando uno se acerca demasiado a esta obra. Un fuerte, impregnante olor comienza a invadir. Pero a diferencia del edulcorado pop que proviene del helado de palito en la otra punta de la sala, éste es un tanto más carnal. Dentro de los zapatillas vacías hay unos calamares descongelados, que en su rápido proceso de putrefacción van dispersando sus olorosas proteínas y el sólido hedor de la muerte por toda la sala.
Un retrato austero, duro y radical que podría funcionar como alegoría de esta edición del premio – de hecho, ganó el premio Stimulus dotado de cincuenta mil pesos-, y una obra que hubiera hecho las delicias de André Breton y su “La belleza será convulsiva o no será”. Los premios también deberían ser como éste, o serán nada.
 

Un grupo de ejecutivos de Petrobras olfateando de cerca el “Autorretrato sobre mi muerte” de Carlos Herrera

 

ArteBA-Petrobras visual arts prize

Open to the public
May 19 through 23, 1 to 9 pm

La Rural
Pabellones Azul y Verde
Avenida Sarmiento 2704, Buenos Aires, Argentina

General Admission: AR $38
Seniors and students: $20 (with current ID)
Children under 12: Free
Citi and Club LA NACION customers: 2 x 1
Auditorium: free

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